13 AÑOS ATRÁS, PASABA ESTO!!!

Miles de años antes que cualquier descendiente de europeo soñara en conformar un estado independiente de los regímenes de gobiernos con visiones monárquicas e imperiales, nuestro Pueblo Mapuche se desarrollaba armónicamente en este territorio. Nuestros antepasados supieron comprender cada señal de su entorno y se basaron en él como fuente de inspiración, transformando en “ley” cada manifestación de nuestro Itrofillmogen, la diversidad de vida, la vida en su conjunto, la naturaleza.

 

De esta visión surge el ADMAPU que es el conjunto de leyes que regirán el comportamiento del hombre pero en interacción permanente con la naturaleza, en un espacio territorial determinado, nuestro Wallmapu. Como principio fundamental nuestros antepasados y nosotros, los actuales mapuches, sabemos interpretar que somos parte de la naturaleza y no dueños de ella. Así se nutrió nuestra cosmovisión y así pretendemos que se perpetúe. Nuestro Mapuzungun, el habla de la tierra, nuestro idioma, nos comunica cada verdad de nuestro entorno, transformándose en un lenguaje que transmite un mensaje profundo, filosófico, ideológico y espiritual. Este lenguaje jamás pudo adecuar un concepto que se refiera a la propiedad, a la propiedad privada. Este concepto de la propiedad privada es un blanqueo del dominador para justificar el despojo, la destrucción, la violencia y la muerte. Nuestro Pueblo Mapuche, tanto ayer como hoy, valora la reciprocidad, lo comunitario, lo colectivo. Supo practicar la diversidad cultural internamente. La horizontalidad organizativa era la libertad absoluta del hombre. Cada Lofche, comunidad, mantuvo su autonomía y cada espacio del territorio mapuche preservó su identidad. Nagche, Puelche, Guluche, Williche, Lafkenche, Wenteche, Pikunche, Pehuenche, Rankulche, estas y otra identidades territoriales conformaron y conforman la gran Nación Mapuche. No somos ni chilenos, ni argentinos, ni neuquinos, ni chubutenses, somos Mapuche, gente de la Tierra. Ayer, avanzaron con armas de fuego para matar nuestro cuerpo y con armas ideológicas para matar nuestro espíritu. Resistimos a ese avance por parte de los españoles. Tres siglos de guerra y no fuimos derrotados. Pero nuestros mayores presagiaban una embestida más sangrienta por parte de esos españoles nacidos en territorio mapuche. ¿ Qué los movilizaba a estos criollos a consumar tal genocidio? ¿ Un grito libertario, o no pagar más tributo a la corona?. ¿Eran los pobres, los obreros, los peones los que se rebelaban a la monarquía española o los ricos, los oligarcas y latifundistas que veían como un obstáculo a la Corona española, para su ambición? Nacían los estados, se erigía una frontera dividiendo nuestro territorio en dos y se consumaban los últimos gritos de libertad de nuestro pueblo. Ya no seríamos mapuche, del saliente quedarían los argentinos y del poniente los chilenos. Se fortalecieron las instituciones, los tres poderes. En lo ejecutivo, ya la horizontalidad no sería concebida. En lo judicial, nuestro ADMAPU sería reemplazado por el Derecho Romano. En lo legislativo, los grandes Futa Trawun, grandes encuentros o parlamentos comunitarios no definirían nuestro futuro, ahora lo haría el Congreso winka. Fue el Congreso como brazo legislativo del Estado quien el 4 de octubre de 1878 autorizó al Poder Ejecutivo, es decir al general Roca, a establecer “la línea de fronteras sobre la margen izquierda de los ríos Negro y Neuquén, previo sometimiento o desalojo de los indios bárbaros de la pampa”. Eran nuestros mayores aquellos bárbaros, nuestros ancestros mapuches, quienes estaban por sufrir en carne propia la mal llamada Conquista del Desierto. La misma terminología que utilizó el entonces ministro de Guerra para convencer a los legisladores, deja en claro la magnitud de la usurpación que sufrió y sufre aún nuestro pueblo mapuche. En el anteúltimo de los párrafos de su discurso sostenía que creía “justo y conveniente destinar oportunamente a los primitivos poseedores del suelo, una parte de los territorios que quedarán dentro de la nueva línea de ocupación”. El propio Roca, homenajeado por tantas estatuas, admitía en su mensaje que la Argentina se preparaba a conquistar un territorio que no le pertenecía, que tenía “primitivos poseedores”. El futuro presidente de los argentinos le pedía a su Poder Legislativo que le otorgara las partidas presupuestarias necesarias para cumplir con la Ley 215, que ya había ordenado correr la frontera hasta el río Negro, en 1867. La idea no era nueva: cuando surgió este pensamiento, en el siglo XVIII, el desierto empezaba en el Fortín Areco, Mercedes y el Salado. Una vez más el invasor ponía en evidencia la dimensión del crimen que se aprestaba a cometer. Si la Argentina había heredado las fronteras y posesiones del antiguo virreinato del Río de la Plata, éstas debían permanecer a unos 200 kilómetros de Buenos Aires. Pero en agosto de 1878 confesaba Roca ante los miembros del Congreso, que “la población civilizada se extiende por millares de leguas más allá de la línea de frontera que nos legó el virreinato, y la riqueza pública y privada que la Nación se halla en el deber de garantir, se ha entuplicado”. Fue el Congreso el que aprobó por ley y en forma consciente la usurpación de nuestro Wall Mapu. En teoría, imperaba el estado de derecho en la Argentina que nos invadió, sin embargo sólo un diputado alzó su voz para señalar que se estaba violando la Constitución de 1853, la que ordenaba “conservar el trato pacífico con los indios”. Esa cláusula constitucional -que desapareció después de la reforma de 1994- hacía expresa referencia a los tratados que nuestros lonko (autoridad ancestral mapuche) habían firmado con autoridades nacionales y provinciales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la Confederación o la República, sucesivamente. Al internarse las tropas del general Roca en nuestro territorio, varios de esos tratados estaban en vigencia, en particular los que habían firmado nuestros lonko Sayweke, Purrán, Pincén, Mariano Rosas y Baigorrita, entre otros. Sin embargo, a los que invadían en nombre de su civilización no les importó respetar los acuerdos que habían celebrado pocos meses atrás, los que establecían claramente por dónde pasaban las fronteras. El Poder Legislativo de la República no reparó en esos detalles, pero de los 20 artículos de fondo con que contó finalmente la Ley 947 -la que Roca quería- 15 se destinaron a establecer cómo se repartirían las tierras que las columnas del Ejército nos arrebataron. No está de más recordar que el propio ministro de Guerra se quedó con 15.000 hectáreas de la mejor calidad, en cercanías de Guaminí. Sin embargo, el Poder Legislativo no consideró necesario reaccionar cuando las columnas del Ejército cruzaron el río Neuquén para subyugar el territorio mapuche pewenche. No aceptamos la explicación de la “historia oficial”; que excusa el atropello a partir de la insubordinación de un subalterno: Napoleón Uriburu. Roca convalidó su violación a la ley y la hizo propia, ante la ausencia moral de diputados y senadores, cómplices con su silencio de la usurpación que también sufrieron nuestros mayo res al sur de los ríos Neuquén, Negro y Limay. Es más, ya en la presidencia de la Nación, el perpetrador de la guerra que nos trajo el winka dispuso nuevas expediciones al Nahuel Huapi, a la cordillera de los Andes y al interior del actual territorio patagónico. Buscaba que ninguna de nuestras comunidades pudiera permanecer en libertad, que el sometimiento fuera total, que el genocidio se consumara. Para concretar los postreros ataques contra nuestro pueblo dejó la hipocresía de lado y ni siquiera se preocupó por guardar las formas: el Congreso se encontró frente a hechos consumados que no había previsto en leyes y debates. A nadie le importó demasiado que la Argentina cargara en su conciencia con crímenes que hoy serían considerados de lesa humanidad: fusilamientos, sumarios, deportaciones masivas, desmembramiento de familias, prisión en condiciones infrahumanas, esclavitud y otros regalos notables que recibimos de la civilización. Sólo un pequeño sector de la prensa demostró cierta vergüenza ante el atropello, pero sus páginas fueron rápidamente olvidadas por quienes decidían qué sucesos de la historia debían relatarse y cuáles no. Fuimos testigos silenciosos de décadas de seudo democracias, golpes militares, muertes y desapariciones, pactos, negociados, lobby, endeudamientos, entregas, guerras, cipayismos, desarrollismos, transnacionalización y flexibilización, populismos, capitalismos, neoliberalismos, privatizaciones y globalización. Hoy como ayer este Congreso sanciona leyes que tienen como objetivo allanar el camino de la destrucción, de la depredación y de la rapiña. Empresas mineras, multinacionales, forestales, grupos empresariales nacionales e internacionales como Benetton, se ven beneficiadas por “el derroche filantrópico” de este Congreso a estos sectores. Hoy como ayer una justicia encargada de legitimar una nueva conquista. La judicialización, la criminalización de la lucha de nuestro Pueblo, es la última “moda” en los pasillos de los Tribunales. Vimos cómo recientemente “depuraban” la máxima instancia judicial por onsiderarla vinculada al anterior gobierno. Esto no garantiza que en el resto de los tribunales del país la justicia no siga siendo socia de la corrupción, de los negocios, de intolerancia racial y de la perpetuidad de la ideología de la conquista y el sometimiento. Y un poder ejecutivo que se mimetiza según la ocasión. Dos décadas de democracia consecutivas han dejado un saldo de permanentes enunciados pero se ha acentuado la asimilación a través del clientelismo, y el control a través del asistencialismo y el punterismo político hiriendo gravemente nuestra organización política ancestral. A medida que la banda presidencial es traspasada de un mandatario a otro, la demagogia va impregnada en esta, provocando un abismo cada vez mayor entre la cultura dominante y las culturas de los Pueblos Originarios. Les preguntamos a los tres poderes, a Ud. Señor Presidente, a Uds. Sres. diputados y senadores y a Uds. señores jueces ¿qué entienden por diversidad cultural?, ¿alguna vez se preguntaron sobre la existencia de más de veinte Pueblos Originarios en este territorio?, ¿Alguna vez investigaron sobre su pasado, sobre su historia, sobre como también fueron sometidos?, ¿Alguna vez reflexionaron críticamente sobre qué es la democracia en un país multiétnico?, ¿Es posible vislumbrar un futuro de libertades plenas, condenando a la desaparición a los Pueblos Indígenas o excluyendo a más del 50 % de la población de este país, pertenecientes o no a los pueblos originarios? Hoy, un sólo pensamiento hegemónico, condena a este planeta a la pena de muerte. Cientos son los pueblos originarios que en el contexto mundial emergen para salir del silencio. Luchamos por nuestra libertad y por nuestra autodeterminación. Tenemos un conocimiento milenario que nos permite enfrentar a un libre mercado con una economía solidaria. Nuestra cultura es la base del desarrollo, busca elevar la calidad de vida de las personas tanto desde un punto de vista individual como de las necesidades colectivas de la comunidad. La tierra para nosotros no es un factor de producción sino es el origen y la verdad de nuestra existencia, es el espacio donde recreamos armónica y plenamente nuestra cosmovisión. Jamás permitiremos que nuestra Mapu -Tierra sea prostituída al mejor postor. La vuelta o el regreso de la gente de la tierra a esta, significa, una salida a la concentración urbana, a la desocupación y a la marginalidad. El comité de descolonización de Naciones Unidas escuchó nuevamente el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas por parte del canciller Argentino, mientras tanto ingleses, belgas, franceses, italianos, grupos empresariales extranjeros se quedan con el sur, con el centro y con el norte del territorio de este país. A la sociedad en general, les decimos que mientras existan las montañas, mientras existan los lagos, los ríos, los bosques, nosotros Mapuche “Gente de la Tierra” seguiremos existiendo y resistiendo. Hoy como ayer, la palabra, el habla no tiene muchas oportunidades. La intolerancia y sometimiento prevalece sobre todas las cosas. No tenemos mucho margen de error, si pretendemos dejar un país respirable a las futuras generaciones. Las diferencias de pensamientos, de credos, de raza, de cosmovisiones deberían ser fuente de inspiración y no de represión. Un antepasado Mapuche, un orientador de la resistencia, presagió frente a la muerte, al saqueo y la invasión, que de cada uno de nosotros que caiga diez nos levantaremos. Por territorio, justicia y libertad. ¡MARICI WEU!

FUENTE: Pueblo Mapuche, julio 2004, www.renace.net