Soberanía alimentaria o qué comer para salvar el mundo!!!

AYLÉN Y EMI, voluntarias en Finca La Huella.

De las huertas familiares a la resistencia creativa en el mercado de consumo, el movimiento se afianza en Salta y apunta a recuperar el control comunitario sobre los alimentos y su producción.

17 May 2017 2956

Comer. Simple, básico, universal como dormir. El acto animal que se hizo humano con el fuego, que alcanzó esplendores de sofisticación para expresar pulsiones, diversidad, placeres y pertenencias, pero al mismo tiempo tiene cada vez menos margen para la libertad. Esa fisura invisible entre lo más propio y lo más ajeno, propulsada por las lógicas de las urbes y el mercado, es la misma que busca y pone distancia entre los que comen y los que hacen alimentos. Sobre ese abismo, fundada en tramas humanas simples, básicas y universales, la soberanía alimentaria está levantando un puente que ya llegó a Salta.

Desde hace algunas semanas, la UNSa se sumó a una red nacional de cátedras libres y abiertas a todo público de soberanía alimentaria. Docentes universitarios, productores locales, agricultores, aficionados e investigadores comparten conocimientos, debaten y construyen maneras para poner en acción un cambio profundo en la producción y consumo de los alimentos.

“La soberanía alimentaria interpela nuestro modo de vivir, es una discusión y una utopía”

“La importancia es trascendente. Se trata del contramodelo a la hegemonía que plantea el monocultivo en miles de hectáreas, donde se ahorra mano de obra y se utilizan agrotóxicos y semillas transgénicas”, explica Soraya Ataide, geógrafa y parte del equipo que coordina la cátedra de los lunes -de 16 a 18 hs- en la universidad salteña. “La soberanía alimentaria interpela nuestro modo de vivir, es una discusión y una utopía para pensar las grandes urbes y los campos cada vez más desolados y con menos personas, expulsivo desde todo punto de vista. Hay que pensar un modo de vivir para cuidarnos y cuidar el ambiente, que va mucho más allá de qué comer: es la posibilidad de que las poblaciones obtengan el máximo de alimento en base a su producción local, con la menor cadena posible de comercialización”, agrega y subraya el valor del contacto directo con los productores.

Entre ellos está Jan Da Souza, de finca La Huella de Vaqueros, uno de los fundadores del movimiento local hace más de 20 años y que con su modelo de producción agroecológica convirtió las 33 hectáreas de su campo en una reserva natural provincial protegida. Allí hacen productos de lechería caprina, carne, huerta, casi todos los alimentos que se consumen en la familia y entre los que habitan y cooperan en el funcionamiento del lugar. “Una de las graves consecuencias y estrategias de este sistema capitalista globalizado es convertir a todos los seres humanos en individuos. Es una forma de dominación que ha sido tremendamente exitosa: apelar a individualidad cuando la realidad es que los derechos individuales siempre han existido dentro de los derechos colectivos. Hay que recuperar el pensar y el actuar colectivo, a veces sacrificando ciertas supuestas ventajas individuales”, dice Jan.

Por dónde empezar

Las huertas familiares son la respuesta más directa para los iniciados y, según datos del INTA de Cerrillos, en toda la provincia hay 16.140 instaladas en casas, escuelas y comunidades. Pero para las mujeres y hombres urbanos, los bichos del asfalto y el ascensor, la soberanía alimentaria se parece a la utopía y las macetas de balcones resultan insuficientes para soñar con el autoabastecimiento. Para ellos, los que resisten, aparecen accesos directos desde donde aproximarse a otra manera de mirar, habitar y comer el mundo. “La primera apuesta a la soberanía es conocer el territorio que habitamos”, dice a LA GACETA Soledad Barruti, periodista y autora de “Malcomidos”, una investigación profunda sobre la industria de los alimentos en Argentina donde desnuda la trama detrás de lo que ponemos en el plato. “En esas raíces está la respuesta, lo que te devuelve a ese sentido del lugar que se habita y la persona que lo expresa”.

La clave está en mirar el paisaje que refleja nuestra cocina y estar alerta si lo único que aparece es el desmonte y el monocultivo. “Hay que conocer, buscar productos, expresar la diversidad y tratar de acceder a un consumo de productos locales, agroeocológicos. El primer voto es a lo local”, subraya. “Salta tiene un grave problema de entrega de territorios para el desmonte, de destrucción de recursos y la comida puede ser la resistencia a todo ese desastre”

“No hay peor expresión de lo mal que está el sistema alimentario que ir a una góndola a buscar algo que parezca un comestible de verdad. Son alimentos iguales en todo el mundo, no expresan ninguna cultura y surgen de la idea de un productor de marketing que quiere vender, no alimentar. En el medio nuestros cuerpos van siendo las herramientas, los canales de ese consumo, con los peores efectos”, dice Soledad Barruti.

¿Podrá el diminuto hombre y mujer urbanos contra todo eso? “Hay fuerzas muy grandes destruyéndolo todo y un buen consumidor solo no va a hacer todos los cambios. Creo que hay que ser primero mejores personas, más conscientes e informadas, conocer y participar. El consumo es importante, la cocina, que nos permite ser productores de un sistema diferente, porque elegís lo que llevás a tu mesa y elegís entregar tu tiempo a otra cosa que no es el sistema. Es un parate al mundo que puede parecer naif pero hace grandes cambios”, asegura Barruti.

Los “neocampesinos”

Olga Lubel, compañera de Jan y productora, define al nuevo hombre del campo como “neocampesinado”, una figura que abarca a La Huella y que se define con una imagen que la productora vaquereña resume en pocas palabras: los que están con la pala en una mano y un libro en la otra. “Somos todos los que no tenemos un legado ni una herencia para recuperar, sino una convicción. Tenemos una espalda vacía de conocimiento pero un corazón lleno y una cabeza abierta para aprender la sabiduría que se ha perdido”, dice.

“En un hastío del estado de cosas urbano, una sensación indefinida entre la emoción, la convicción y un llamado de algo interno”

Nacida y criada en un departamento de la capital porteña, Olga es hoy un referente para cualquiera que se reconozca en las ganas de cambiar de rumbo. “Fui criada con salchichas y puré Cheff. He logrado sobrevivir, por lo cual estoy convencida de que la esperanza no se termina. De todo se puede salir. La resiliencia es básica para que podamos entender que ninguna biografía está determinada, que todas las vidas tienen sentido”, define y dice que a los 19 años se descubrió regando lechugas convencida de que eran acelgas. “Estaba equivocada y eso fue un momento de mi vida, entendí que saber era conocer con el cuerpo también, no solamente un saber intelectual y que las opciones son válidas en la medida en que sean para uno y para todos. No hay posibilidad de salvarse solos, somos seres gregarios”.

¿Cómo se reconocen los neocampesinos? “En un hastío del estado de cosas urbano, una sensación indefinida entre la emoción, la convicción y un llamado de algo interno”, dice Olga. “En nuestros lugares de pertenencia somos profundamente incomprendidos, porque existe esta visión de máxima rentabilidad respecto de la tierra y para las poblaciones urbanas somos muy desprolijos, porque tenemos una apariencia física desprolija, porque no podemos cambiarnos todo el tiempo, y a la vez estamos en un espacio urbano, muchos de nosotros somos propietarios de la tierra y eso nos hace un sujeto diferente. Nos sentimos profundamente unidos a los desposeídos pero no es nuestra realidad concreta. Nos conformamos como propietarios para defender el proyecto pero no por eso somos terratenientes, en ese sentido somos dicotómicos, y tenemos que darle una vuelta de tuerca por no pertenecer a estos paradigmas tan duros o rígidos”.

Y advierte que la opción implica disciplina. “Los embates externos son muchos y hay que tener una visión seria. No se puede hacer todo solos, nos va a doler la espalda porque no tenemos la estructura corporal para manejar herramientas”. Habrá que aprenderlo todo, que equivocarse, perder y acordarse de que se trata de un camino en plena construcción.

FUENTE; http://www.lagacetasalta.com.ar